El momento termina. Tu hijo se calma. La casa queda en silencio.
Y tú te quedas pensando:
“¿Por qué reaccioné así?”
“Yo no quería gritar.”
“Mañana lo haré diferente.”
Tal vez abrazas a tu hijo. Tal vez le dices que lo amas. Tal vez te prometes que no volverá a pasar.
Pero llega otro día difícil. Otro berrinche. Otra mañana con prisa. Otra noche en la que ninguno quiere ceder.
Y vuelves a sentir que pierdes el control.
NO ESTÁS SOLO. NO ESTÁS SOLA. NO TIENES QUE RECORRER ESTE CAMINO POR TU CUENTA.